El problema con la poesía



Billy Collins (1941), Nueva York, EUA


El problema con la poesía, me di cuenta
mientras caminaba por la playa una noche―
la fría arena de Florida bajo mis pies descalzos,
un espectáculo de estrellas en el cielo―

el problema con la poesía es
que promueve la escritura de más poesía,
más renacuajos poblando la pecera,
más conejitos
brincando desde sus madres y cayendo sobre el rocío del césped.

Y ¿cómo podrá acabar?
a menos que al fin llegue el día
en el que habremos comparado cada cosa en el mundo
con todas las demás cosas,

y no haya nada más por hacer
excepto cerrar en silencio nuestros cuadernos
y sentarnos con las manos cruzadas sobre los escritorios.

La poesía me llena de alegría
y me alzo como una pluma en el viento.
la poesía me llena de tristeza
y me hundo como una cadena arrojada desde un puente.

Pero sobre todo la poesía me llena
con la necesidad de escribir poesía,
de sentarme en la oscuridad y esperar que una pequeña llama
aparezca sobre la punta de mi lápiz.

Y junto a eso, el anhelo de robar,
de irrumpir en los poemas de otros
con una linterna y un pasamontañas.

Y que banda desdichada de ladrones que somos,
raponeros, rateros comunes,
pensé para mis adentros,
mientras una ola helada se arremolinaba alrededor de mis pies
y el faro movía su megáfono sobre el mar,
que es una imagen que he robado directamente
de Lawrence Ferlinghetti―
para ser perfectamente honesto por un momento―
el poeta ciclista de San Francisco
cuyo pequeño parque y regocijo de libro
llevé en un bolsillo de mi uniforme
yendo y viniendo por los traicioneros pasillos de la secundaria.