Peregrinaje



Chris Abani (1966), Afikpo, Nigeria


Nada hay tan definitivo como la oración.
Una mano ahueca una sombra.
Un corazón se desnuda, abierto como una flor.
En alguna parte entre el cuidado y la cacofonía
la ciudad de Los Ángeles está viva.
La ciudad esta noche permanece fuera de todo.
Llegamos a la noche.
Llegamos a la luz.
La ciudad es una mentirosa. 
Puede que encuentre mi camino.
Los Ángeles es un sueño que no podemos soportar.
Pienso en las calles negras como cualquier río, y en la cerveza.
Sobre música amplificada una mujer llama a su amado.
No se encuentra la verdad aquí.
La ciudad está inundada de luces.
Incluso este sacrificio no nos salvará.
Digo “hibisco” y quiero decir “inocencia”.
Digo “guayaba” y quiero decir “niñez”.
Digo “velo para zancudos” y quiero decir “pérdida”.
Digo “padre” y quiero decir sólo eso.
Sucede que todos soñamos, pero el mar es sólo mar.
Sucede que le imploramos a Dios pero aquello es sólo una brisa
agitando las páginas de un libro de oraciones en una pequeña iglesia
donde los bancos gimen con el calor.
Afuera, un pavo real no se calla.
Hay tantas maneras en las que podría deshacer la noche
en que mi padre murió, si sólo pudiera encontrar las ataduras del tiempo.
Aquí la hierba verde es verde, incluso con la abundancia
del hogar, incluso con la carga del exilio.
Hay un árbol en el jardín trasero de mi padre bajo
el cual mi cordón umbilical está enterrado. No es una metáfora.
Bañándome en una lámina de zinc, una noche corté mi tobillo
sangrando mi cordón umbilical de nuevo.
Mira, hay una simple aritmética en el perder, el ser, y las berenjenas.
Puedo cantar la genealogía de mi padre remontándome a medio milenio
pero aquí en Starbucks lucho con Oprah
para encontrarme a mí mismo, lo que sería como decir
que voy a aceptar las etiquetas ante mí
pero sólo un corte más profundo es suficiente.
No soy estadounidense aunque quiera serlo.
No soy nigeriano aunque tengo la melancolía de los nigerianos.
Soy algo todavía más profundo.
Por ahora Igbo, el que marca los lugares. A veces también
druida, por el lado de mi madre. Y un pasaporte rojo.
La gente dice, carajo, si hubiera visto lo que has visto.
¡Carajo! ¡Piedad! ¡Santo Dios!
También este es mi grito. He visto, pero sigo perdido.
La niebla no se despeja por más que yo golpee
mi cayado en la piedra.
Hay tratantes de esclavos entre mis antepasados, y esclavos también.
En ciertas noches me despierto con el amargo de las cadenas oxidadas
en mi lengua y un látigo en la mano.
Los avatares vienen y van y vuelven.
Sólo hay un mapa que se destiñe bajo el sol ardiente.
Dirá alguien que soy un pesimista pero no lo soy.
Nada se gana con las pérdidas.
Bebo té a la sombra y creo en la poesía.
Soy un fanático del optimismo.


*

Cuando primero se ve morir a alguien
de un machetazo o por una bala,
es decir, cuando primero te enfrentas
al asombro de la sangre y lo sientes
recorrer tu piel como una fango dulzón,
aunque las grietas que humedece no son tu piel
sino realmente la obsidiana del camino,
te sientes enfermo de maneras que no creías posibles.
Una profunda y maravillosa bilis
que nunca puede dejar tu hígado.
Y luego pasan los días y te acostumbras
a su forma de ser y esto ya no te molesta
más que el zumo de cereza en los panqueques.
Te aburres y te impacientas con todo eso.
Con la conmoción de esos momentos recién llegados.
Y después de eso la gente puede morirse a tu alrededor de día y de noche
y tú sigues sin darte cuenta.
Mi capacidad para esto me asusta.
Benditos sean los no profanados en el camino.
Hay dos maneras de mirar el cuerpo.
La resurrección y la crucifixión:
todo lo que yace en medio es ritual.



Versión de Nicolás Suescún.
En   Revista Prometeo